Aurora Boreal

Siempre había soñado con playas de arena color nieve y palmeras que danzaran con la brisa del mar, soñaba con conocer el calor y el brillo embriagador del sol. Pero ella era hija de la noche y solo podía imaginar, porque aquel mundo lleno de colores estaba prohibido para todos los de su clase.
Algunas noches le había susurrado a la luna sus deseos de convertirse en viento para acariciar y rodear el mundo en cada puesta de sol y soplar vida. Y cada una de esas noches, terminaba melancólica nombrando a las estrellas entre canciones y sueños suspirantes.

Pero esa noche iba a ser mágica…

A pocos minutos de haberse ocultado el sol tras un horizonte pálido, ella corrió a pararse sobre la roca más alta de su mundo con la esperanza de acariciar aunque fuese una pequeña estela de aquel atardecer, pero como cada intento, fue en vano. Y se sentó a mirar como comenzaban a nacer las estrellas sobre un pergamino gris.
La luna ocupaba su atención entera hasta que en el horizonte vio que brillaba una pequeña luz amarilla, pensó que era el astro mayor que había decidió volver y cumplir su deseo de conocerle, voló a mil sueños por segundo, expectante y con el corazón convertido en mariposas que flotaban a su alrededor. Y fue ahí, cuando le vio, un joven, hijo del día, de cabellos rubios, brillantes, embriagantes y ojos con color cielo en primavera, un color que ella jamás había visto, pero que después entendería, era el color del cielo durante el día.
Estaba nerviosa y emocionada, sorprendida y curiosa; ¿Cómo podía un hijo del sol entrar en su mundo nocturno? ¿Cómo pudo atravesar las barreras del tiempo y la luz? ¿Qué lo había llevado hasta ahí?

Admiró como el joven se abría paso entre un espeso bosque oscuro y ante la mirada atónita de los arboles. Al ver que se acercaba en su dirección sin vacilar, la pequeña se escondió tras la piedra, cerró los ojos, apretó las manos y dejó volar su ilusión. Decidida se puso en pie y para su sorpresa, aquel chico de cabello color oro estaba mirándole y sonriendo.
– He venido por ti – le dijo, y su corazón estalló en una lluvia de estrellas.
Sintió como si el universo entero hubiese dado un vuelco dejando a su estómago en una montaña rusa de galaxias y bosques encantados. Apenas atinó a pronunciar palabra, pero el osado arquero de la luna intuía las preguntas y supo darle todas las respuestas cuando se acercó a ella y le abrazó con la fuerza desbordada de cien soles en su máximo esplendor.

Entendió ahí de destino y permanencia, de hogares y abrazos, de sueños cumplidos y deseos realizados. Entendió ahí de vida y eternidad.
Entendió que quería quedarse hasta el fin de sus noches en aquellos brazos cálidos que le hacían respirar paz. Y se aferró a él con todas las fuerzas de sus anhelos, mientras él se hundía en el espeso negro de sus cabellos entre las constelaciones que le palpitaban en el pecho y el amanecer que ardía entre sus brazos.

Ahora era la luna quien les observaba enamorada, eran las estrellas las que suspiraban anhelantes, era el cielo el que conspíraba a favor del amor.
El universo detuvo el tiempo y rompió las barreras de la luz, sopló galaxias sobre ellos y les cubrió con estelas de luz.

Aún puede verse cada invierno a estos dos amantes como un hermoso fuego que pone al cielo a danzar, cada vez que se dibuja una aurora boreal.

 

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