Quédate, un ratito más

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No sé como han pasado los días, ni siquiera entiendo cómo he logrado sobrevivir a la inundación que me dejó tu partida, y es que aquí aún sigo haciendo el recuento de los daños aunque parezca que ha comenzado a salir el sol.
No te engañes, aquí nunca va a volver a brillar el cielo como lo hacía cuando habitaba tu sonrisa en ésta casa.

Estoy sentada en mi habitación mirando una de las paredes que soñé decorar contigo, ¿te acuerdas? flores y corazones, dragones y nubes, pero al contrario está maquillada de un blanco inusualmente pulcro y es que al igual que yo ha tratado de disimular su dolor, esa perdida intransitable que es tu ausencia. Ya lo ves, tenía razón Lorca, las paredes no tapan ni el tiempo cura.

No sé, suelo pensar que me lees y por eso escribo para ti, o de ti para que alguien te cuente, quizás el viento mismo se acerque a susurrarte que te extraño ya que tanto le he insistido en que me traiga de vuelta tu voz.

Se me han ido cuatro canciones y dos suspiros entre el último párrafo y este, porque escribirte es cuestión de sentidos no de tiempo, se trata de volver a respirarte como si estuvieras aquí provocándome la risa.

Y pienso que Nietzsche tenía razón porque guardar silencio suele ser un camino hacia lo grandioso, en este caso el silencio es música y lo grandioso ese momento donde me abrazabas y detenías el mundo. Pero está no es una carta triste, al menos no en su mayor parte, también tengo victorias que contarte, pero siéntate, quiero ponerte cómodo y beber algo mientras recuerdo con plena exactitud ese brillo claro de tu mirada.
Una copa de vino siempre cae bien, o eso creíamos cuando estábamos juntos y charlábamos por horas, ¿recuerdas?, en fin, yo ya llevo tres copas y la botella me mira provocativa, no la hagamos esperar…

Mis victorias, sí, te hablaba de eso; bueno, fíjate estoy reconstruyendo el jardín, sí, ya sabes arrancando la maleza, retirando los trozos de piedra que quedaron después del terremoto de tu adiós. He sembrado flores, están comenzando a crecer y a cicatrizar, comienzan a venir pequeñas abejitas a inundar el ambiente de dulzura, el viento sopla lento y freso y se detiene a admirar mi pequeño bosque, sí, el que llevo en el pecho.
Me conoces tan bien que entiendes todas mis metáforas, entiendes entonces si te digo que dentro lo que ahora me late es un ruiseñor. Porque el corazón que tenía cuando estaba contigo terminó hecho pedazos, sucio y sin funcionar, así que esa es otra victoria, ya no hay trozos aquí dentro que lloren tu nombre, solo aves y cielos que quieren volar.

La casa, bueno, esa es otra historia, esa aún te extraña y te nombra pero te alegrará saber que me paso la mayor parte del tiempo en el jardín mirando el firmamento, suspirando con planetas y nubes.

Pero quédate, quédate un ratito más, solo déjame abrir otra botella, soñarte despierta, imaginarte hablar. Déjame dejar bailar la música por la habitación, inundar el aire de risa. Déjame fingir que ya nada duele, que todo está bien. Quédate, un ratito más.

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