Al otro lado del teléfono

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– Aló

Hmmm… Hola Prim.

– ¡Ah! Hola, ¿cómo estás, Arch?

– …

– ¿Te pasa algo?

Sí. Me pasas vos, Prim. Me dibujé ésta escena demasiadas veces en la cabeza pero no fue suficiente porque el valor me escasea y los pensamientos se me disparan al escuchar la melodía que llevas por voz del otro lado del teléfono.

– Ammm…

¿Qué puedo decirte que no te lo haya demostrado ya?… Que no sé por cuanto, pero quiero tenerte para siempre, porque el mundo es más liviano si es tu mano la que acaricia la mía, porque es con tu risa que se duermen mis miedos, porque tu sonrisa acalla a todos mis demonios los pone a soñar.
Ja! Fijáte hasta lo que te digo, soy hasta un patético intento de poeta con vos…

– Emmmm, no sé que debería decirte, Arch. No soy de las que ama para siempre, es más, ni siquiera soy de las que ama.

No quiero que me amés, ni siquiera creo que yo te ame. Pero te necesito. Necesito esas promesas que sólo vienen con tu mirada, esa calma que sólo nace de tus silencios, la alegría de escucharte tararear esa estúpida canción por las mañanas, esa que decís que me describe.
Me moviste algo dentro que pensé que no podía volver a sentir; no es amor, no… no, no; es necesidad, de vos, de mí con vos, de nosotros. Quién sabe si fueron esas ridículas manías tuyas de las que hoy he pasado a ser esclavo yo también o quizás es que estaba demasiado vacío que necesitaba aferrarme a alguien.

– ¡Jum! qué forma tan bonita tenés de arruinar esos pequeños garabatos de poesía que te sobresalen en las palabras cuando, sé, que mirando la botella de tequila, te hundís en pensamientos llenos de eternidad.

Ya lo sé, Prim, como vos me decís: soy un insípido. Pero mas sin sabor me parece el tiempo si no es con tu compañía; quiero que te quedés, pero hasta donde yo sepa estar. Quién sabe hasta cuando, ya vos lo sabrás, pero quedáte, quedáte, por favor, y construyámonos un mundo.

– ¿Para qué voy a quedarme?, ¿Para que me desordenes el caos que llevo en la maleta? O peor aún, ¿Para que me ordenes la vida? No. No. Demasiado tengo con pensarte y saber que me pensás, y que todavía me llamás porque no podés estar sin mí, sin toda ésta inundación que me late en el pecho y que vos llamás puerto en calma.

Puedo estar sin vos Prim, pero no quiero, y ese es el problema de la situación. Al menos de la mía. Tu problema es que querés estar sin mí, pero no podés.
¿Y arreglarte la vida? De dónde carajos voy a sacar yo una vida para poder arreglar el desastre de todas tus pisadas. Además, ese desastre es el que quiero. Ese desorden que me haces sentir.

– Que estúpida manera tenés para verme a través de cada palabra que te digo. Te voy a llamar después…

No, quedate, ya estás huyendo de nuevo, escapando como gaviota que huye del invierno.

– Tengo que colgar. Estos desbalances que le hacés a mi vida ahora ya me desequilibran el mundo, me ponen nerviosas las palabras y me sonrojan las ideas.
No voy a quedarme, Arch, pero te voy a llevar conmigo.

….

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8 respuestas a “Al otro lado del teléfono

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