Todavía

Y un día como hoy, hace dos vidas y setecientos treinta infiernos, estaba rendida en lo más bajo del abismo jurándole una venganza al destino. En aquel espacio oscuro en donde lo único que podía vislumbrar era la silueta de tu sonrisa animándome a ponerme en pie y a salir de ahí.

Ese día que en realidad fue una noche eterna, sigue todavía aquí latente en mi pecho como un dragón que de vez en cuando se asoma para evaporar la esperanza.

Aún recuerdo el sonido de mi corazón explotando en mil lágrimas de impotencia y angustia, el mundo a mi alrededor convirtiéndose en un agujero inmenso, las voces en mi cabeza gritando al unísono, un mar latiendo en mi garganta y mi pecho desgarrándose hasta convertirse en un hueco profundo sin aire, sin vida.

Y hoy vuelvo, a la escena del día de mi muerte, como un asesino que vuelve a ese momento de adrenalina para revivir las heridas y la sangre aflorando. Y vuelve mi cabeza a girar a cien pesadillas por segundo, mi corazón a galopar intempestivo tratando de huir y mi pecho a tratar de ahogar los suspiros que intentan en vano devolverme el aire.

Aquí estoy, sádica e insolente, parada justo en el centro del caos que me causó tu partida. Se me arremolinan los recuerdos entre los párpados, me tiemblan las manos soñando con tocar las tuyas, me grita mi temeroso corazón que es momento de huir, de dar media vuelta y emprender el vuelo.

Pero me aproximo más, despacio, sigilosa, cierro los ojos e imagino aspirar el aroma de aquel día, el miedo flotando en el aire, la angustia derramada en el piso, y me veo, revivo aquella escena de dolor en donde yo fui la víctima, el arma, la asesina y la cómplice.

Veo a mi alrededor, las calles están desoladas, pero es que a mí el mundo entero me parece vacío desde que te fuiste. El viento susurra tu voz, la noche tintinea con tu silueta y yo estoy de nuevo manchada con la sangre de tu adiós.

Dos vidas enteras he pasado tratando de desarmar aquel momento, de dejarlo atrás, de seguir, de olvidar, pero sigue volviendo a mí como esa canción pegajosa que se te implanta entre pecho y cabeza. Dos vidas enteras he deambulado descalza tratando de llegar a ese lugar inadmisible donde habitas, ese espacio onírico donde nacen las estrellas y se junta el mar con el universo.

Setecientas treinta noches he vuelto a resucitar aquel dolor inhumano sólo para sentirte de nuevo un poquito más cerca. Porque aunque ya no estés sigo llamándote cada día, sigo buscándote del lado izquierdo de mi pecho y en el centro de mi alma.

Porque todavía estás, aunque ya no seas, aquí conmigo.


2 respuestas a “Todavía

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